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Memoria escenificada de Sandoval de la Reina     (Continuación)      (Comedias)

Por D. Andrés Hernández Macías


 

 

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A C T O   P R I M E R O
---- cuadro primero ----

Escena 7ª

Alfonso, Alabardero, luego el Arzobispo


 

Alabardero.- (Al igual que cuando entró la condesa, da tres golpes con el cuento de la pica.)[1] Paso a Su Excelencia el Arzobispo. (Sale.)

Arzobispo.- Majestad... vuestro súbdito, al cual os habéis dignado llamar, está a vuestra disposición.-

Alfonso.- Es para mí un placer besar el anillo de Vuestra Excelencia y tomar consejo de la más alta autoridad de la Iglesia en mi reino.
(Besa el anillo.)

Arzobispo.- Sabéis que siempre me tenéis a vuestra disposición para todo cuanto pueda redundar en beneficio de la fe y de la patria.-

Alfonso.- Por haberlo estimado así, es por lo que os he rogado vinieseis.
[2] Y permitid que os ofrezca asiento para poder hablar más sosegadamente. (Van a sentarse.)

Arzobispo.- Gustoso la acepto.
(Se sienta.) Y ahora, si os place, podéis indicarme para qué he sido llamado.-

Alfonso.- Con sumo agrado lo haré. Y os ruego que, una vez hayáis escuchado mis palabras, me deis vuestro prudente y leal parecer.-

Arzobispo.- Estad seguro que así lo haré.-

Alfonso.- Pues bien, es mi deseo que mi hija, Dª Urraca, que como sabéis viste ha tiempo toca de luto por la muerte de su anterior esposo, contraiga nuevamente matrimonio. He consultado con alguno de mis consejeros y hemos acordado que se case... ¿Podría Su Excelencia indicarme quién es el mejor partido, que, como es cosa lógica, es lo que deseo para mi hija?.-

Arzobispo.- No puede mi boca nombrar a ninguna persona, pues quien se va a casar no soy yo sino vuestra hija.-

Alfonso.- Pero ella, como futura reina, ha de hacer lo que más convenga al reino.

Arzobispo.- Aplaudo la idea en sí; pero en el matrimonio, además de la cosa de conveniencia, a que hacéis mención, debe entrar, para que luego sea feliz, el amor. ¿No os parece?.-

Alfonso.- Pues sí, siempre que el amor lleve la conveniencia del reino.-

Arzobispo.- Y si no fuesen uni
das, ¿qué pasaría?. Casaríais a vuestra hija en contra de su voluntad y haríais a vuestra hija mala Reina y peor esposa.-

Alfonso.- ¿Porqué?.-

Arzobispo.- Porque, al no entenderse con su esposo, dividiríais al pueblo en partidarios de ella y del rey, que habrían de estar en continua lucha, con el consiguiente debilitamiento interno; y sería mala esposa al no entenderse con su marido.-

Alfonso.- ¿Acaso dudáis de la virtud de mi hija?.-

Arzobispo.- ¡Líbreme Dios de ello! Pero si vos la forzáis a un matrimonio que ella repele, ¿cómo queréis que sea buena esposa?.-

Alfonso.- Acaso con el tiempo...... .-

Arzobispo.- Sí, acaso con el tiempo en vez juntarse, se separen. Mas dejemos de divagar y vayamos a lo principal. Me habéis dicho que ya habéis tomado consejo de varias personas. Si os parece oportuno, me podéis indicar el pretendiente elegido para vuestra hija y os daré mi parecer, siempre a expensas de que vuestra hija lo acepte.-

Alfonso.- Hubiera preferido que fueseis vos quien nombrase alguno de vuestro parecer
(El Arzobispo hace un signo negativo.); mas, ya que os empeñáis, os diré mi pensamiento.-

Arzobispo.- Veamos.-

Alfonso.- He decidido casar a mi hija con el Príncipe Alfonso de Aragón.-

Arzobispo.- ¡Imposible!.

Alfonso.- ¿Imposible? ¿Porqué, si ello es mi voluntad?.-

Arzobispo.- Porque por encima de vuestra voluntad está lo ordenado por la Iglesia y...... .-

Alfonso.- ¿Qué es ello?.-

Arzobispo.- ¿Y vos lo preguntáis? ¿Acaso no es ilícito ese matrimonio, por estar comprendidos los contrayentes en el impedimento de consanguinidad?.-

Alfonso.- Pero eso se podría arreglar.-

Arzobispo.- Pero yo me opondré a que se pueda arreglar, porque de ninguna manera la nobleza castellana, y yo con ella al frente, puede consentir que la corona de Castilla vaya a parar a sienes diferentes a las de su Reina o de Señor que a ella pertenezca.-

Alfonso.- Pero ella sería Reina de Castilla y él, de Aragón.-

Arzobispo.- Y ella, y con ella todo su reino, tendría que estar bajo la tutela de su marido, y entonces el esfuerzo de to
dos los guerreros, desde Covadonga hasta ahora, quedaría inutilizado. Y nosotros, que no queríamos ser esclavos del Islam, pasaríamos a tener que servir en las mesnadas del Rey de Aragón. Y eso... ¡nunca!.-

Alfonso.- Entonces..., ¿con quién cree Vuestra Excelencia que debe casarse?.-

Arzobispo.- Eso no me lo preguntéis a mí. Ya os he dicho que en esto, además de la razón de estado, está el corazón. Que ella elija entre los caballeros de la nobleza a un varón aguerrido e intachable y, si así lo hace, estad seguro que toda la nobleza, y yo el primero, estamos con todas nuestras fuerzas dispuestos a defender a nuestros Reyes de todos sus enemigos, cualquiera que sea la religión que profesen.

Alfonso.- Pero es que ella parece que se inclina por el señor de Sandoval, el conde de Candespina.-

Arzobispo.- Y muy acertada me parece su elección. ¿Acaso no es un varón intachable, esforzado guerrero y con excelentes dotes de mando?.-

Alfonso.- Sí..., pero... su origen es muy oscuro.-

Arzobispo.- Su origen poco importa, si sabe llevar con dignidad su título de nobleza. -

Alfonso.-
(Poniéndose en pie.) ¡Pues no consentiré jamás ese matrimonio!.-

Arzobispo.-
(Poniéndose en pie) ¡Pues yo impediré el otro!.-

Alfonso.- Eso ya lo veremos.-

Arzobispo.- Tenerlo por seguro. Y sabed que será el primero que me oponga a que la corona de Castilla ciña sienes que no sean las de un castellano.-
(Vase hacia la puerta.) Quedad con Dios.-

Alfonso.- Que Él os acompañe.
(Pausa.)


 

Escena 8ª

Alfonso y Hernán

Alfonso.- Esto lo voy a decidir ahora mismo. (Va a la puerta y llama:) ¡Hernán!. -

Hernán.- ¿Llamabais, Majestad?.-

Alfonso.- ¿Dónde está la princesa?.-

Hernán.- Creo que en sus habitaciones.-

Alfonso.- Bien; entonces yo mismo la llamaré.-

Hernán.- Con vuestra venia, ¿puedo retirarme?.-

Alfonso.- Sí; pero no os alejéis mucho por si me hacéis falta.
(Sale Hernán.)
(El rey se dirige hacia las habitaciones de la princesa y llama:) Urraca.-

 



Escena 9ª

Alfonso y Urraca


Urraca.-
(Desde dentro:) Voy, Señor. (Aparece en escena Dª Urraca) ¿Qué deseáis, mi querido padre y Señor?.-

Alfonso.- Bien sabéis, mi querida hija, que siempre estoy pendiente de
ti, y buscándote lo mejor.-

Urraca.- Tengo que agradeceros vuestra intención, mas también me permito deciros que hasta ahora en todo habéis obrado sin contar conmigo.-

Alfonso.- ¿Y acaso estás descontenta de mis decisiones?.-

Urraca.- Descontenta, no; pero hasta ahora he sido una niña que sólo he hecho obedeceros.[3]

Alfonso.- ¿Y es que en lo sucesivo no piensas hacerlo?.-

Urraca.- Sí..., mas también desearía...... .-

Alfonso.- ¿Qué desearías?.-

Urraca.- Que antes de tomar una decisión contarais conmigo.-

Alfonso.- ¿Es que te sublevas?.-

Urraca.- No. Pero creo que es cosa lógica que las cosas en que yo soy parte interesada también debe contar mi parecer.-

Alfonso.- Tal vez tengas razón; pero es que hoy te falta experiencia y no comprendes bien los problemas.-

Urraca.- Tal vez me falte experiencia; pero lo que no me falta es corazón.-

Alfonso.- Pero es que, como futura reina, has de anteponer muchas veces las razones del reino a las del corazón.-

Urraca.- Muchas veces sí; pero no siempre.-

Alfonso.- Por lo menos en todas las cosas decisivas para el reino.-

Urraca.- Siempre que no sean decisivas para mi persona.

Alfonso.- Algunas veces sí.-

Urraca.- Con ello no contéis. -

Alfonso.- Eso lo veremos. Pero veamos si podemos conjugar las dos cosas.-

Urraca.- Siempre que así sea, me tenéis a disposición.-

Alfonso.- Bueno, pues; veamos. Hace ya tiempo que quedaste viuda de tu querido esposo y es mi deseo que, antes de que yo me muera, vuelvas a contraer matrimonio, para así dejar aseguradas las cosas del reino.-

Urraca.- Procuraré complaceros y os daré cuenta de mis decisiones.-

Alfonso.- No es eso. Es mi deseo dejar este asunto esclarecido hoy.-

Urraca.- Pero yo aún no lo he pensado...... .-

Alfonso.- Tú, no; pero yo, sí.-

Urraca.- ¡Ah, vamos! ¿Y también os habéis adelantado a elegirme esposo?.-

Alfonso.- Pues sí.-

Urraca.- ¡Claro! Repetís lo que hicisteis cuando, siendo niña, me casasteis con el conde don Ramón de Borgoña. Y yo ¿no cuento?.-

Alfonso.- Porque deseo contar contigo[4] es por lo que te he llamado.-

Urraca.- Bueno; pues veamos, aunque creo que va a ser muy difícil.-

Alfonso.- ¿Porqué, si he elegido para ti el mejor partido?.-

Urraca.- No divaguemos y vayamos al grano; y, si me permitís, después os daré mi parecer.-

Alfonso.- Pues bien. Teniendo en cuenta que como futura Reina de Castilla, has de procurar por todos los medios acrecentar tus dominios a costa de los moros y fortalecer tu reino, he elegido para ti un esforzado y noble guerrero descendiente de la más preclara estirpe real.-

Urraca.- ¿Y quién es él, si puedo saberlo?.-

Alfonso.- El príncipe Alfonso de Aragón, vuestro primo.-

Urraca.- ¡Imposible!.-

Alfonso.- ¿Imposible? ¿Por qué? ¿Acaso no ves que así se unirían los reinos de Aragón y Castilla y tú serías la reina de casi toda la España cristiana?

Urraca.- Y, por ventura, ¿vos no conocéis a mi primo?.-

Alfonso.- ¿Qué tiene de malo?.-

Urraca.-¿Y vos me lo preguntáis? ¿O es que no conocéis su carácter altivo y dominante, que vería en mí no a la reina de Castilla, sino a la mujer o, mejor aún, a la esclava para satisfacer sus caprichos?.-

Alfonso. Pero tú le sabrás dominar.-

Urraca.- ¿Pero es que hay alguien que pueda dominar a mi primo? ¿No veis que sería esclavizada por esa fiera que anda sobre dos piernas?.-

Alfonso.- ¿Pero no ves que serías la reina del reino más grande de España y casi de toda la cristiandad?.-

Urraca.- Sí, la reina más grande de la cristiandad, a costa de ser la mujer más desgraciada de mi reino.-

Alfonso.- ¿Acaso serías más afortunada con ese señor de Sandoval, con quien, según creo, tenéis[5] devaneos amorosos?.-

Urraca.- ¡Pues sí! Porque al señor de Sandoval, en corazón noble y actitud leal hacia mí, no hay ni dentro ni fuera de mi reino caballero que le iguale.-

Alfonso.- ¿Pero no ves que es muy poca cosa para ti, y su origen es de una familia plebeya?.-

Urraca.- Su origen será de familia plebeya, pero sin esa familia vos no seríais hoy lo que sois.-

Alfonso.- ¿Qué dices, insensata? ¿Acaso debo yo mi reino a un plebeyo?.-

Urraca.- ¡Acaso sí!.-

Alfonso.- ¿Cuándo un rey como yo, debe un reino a un plebeyo? ¡Explícame eso!

Urraca.- Si lo deseáis, así lo haré. Si en la batalla de Covadonga el plebeyo Sando-Cuervo no hubiera defendido con el arrojo y heroísmo con que lo hizo la viga que servía de puente en aquel precipicio, los infieles hubieran derrotado a las huestes del rey D. Pelayo y hoy vos en vez de ser rey de Castilla, tal vez fueseis un esclavo de los moros. Mirad si sería grande su valor y decisiva su actitud, que el propio rey D. Pelayo allí mismo, sobre el campo de batalla, como reconocimiento a sus méritos, le nombró caballero y cambió su nombre de Sando-Cuervo en Sando-Vale, o Sandoval, que, hoy como antes y siempre, con legítimo orgullo lleva.-

Alfonso.- ¿Todo eso es lo que os ha contado ese mal caballero para embaucaros?.-

Urraca.- Ni él me lo ha contado, ni es mal caballero, ni me ha embaucado. Ya os he dicho que ya no soy una niña, y que las cosas que a mí me atañen las resuelvo por mí misma.
[6]

Alfonso.- Pues con todo y con ello, te casarás con el príncipe don Alfonso.-

Urraca.- ¡No me casaré!.-

Alfonso.- ¡Te casarás por las buenas o por las malas!.-

Urraca.- ¡Habrá de ser a la fuerza y en contra de mi voluntad!
[7]

Alfonso.- Lo será, y serás la reina más grande.-

Urraca.- La reina más grande y la mujer más desgraciada, sacrificada por su propio padre en aras de una grandeza mal entendida. ¿Es eso
[8] lo que pretendéis?: ¿mi desgracia? ¿mi ruina? ¿mi esclavitud? .-

Alfonso.- No es eso lo que pretendo, sino vuestra grandeza.-

Urraca.- Mi grandeza a costa de mi dicha... mi felicidad... y eso forzada por mi padre...... ¡Oh, qué desgraciada soy!...
(Llora.)

Alfonso.- Llora y desahoga tu corazón; pero piensa despacio lo que te propongo... y, para no interrumpirte, te dejo; ya me darás cuenta de tus decisiones......
(Vase.)

 

           Continúa...  


[1] Los testimonios se complementan: T: <Al igual que cuando entró la Condesa>. V: <Da tres golpes con el cuenco [sic] de la pica>.

[2] V: <rogado que vinieseis>.

[3] Copia T: < sólo he hecho que obedecer>.

[4]  T: <contar es>: om. <contigo>.

[5] <tenéis>: así ambas copias, si bien el rey habitualmente tutea a su hija.

[6] Copia V: < las resuelvo yo misma>.

[7] V: <y contra mi voluntad>.

[8] V: <¿Eso es…>

Autor: Andrés Hernández Macías - 1957