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Vino Churro - Entrevistas

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Guadilla de Villamar - Javier Ortega González (28/08/2021)

Entrevista a Javier Ortega González, de Guadilla de Villamar, sobre sus recuerdos y conocimientos sobre el vino churro

Al pie de la página se reproduce el video de la entrevista.

P: ¿Conociste el vino Churro?
Javier: ¡Hombre! No bebí mucho porque, siendo niño, no*. Primero, que no bebíamos y, segundo, que era muy fuerte para nosotros. Era muy agrio. De aquí los vinos no fueron buenos. Había que traer uvas de Ávila; de Toro venían a vendernos uvas. Aquí la vendimia era muy tardía. Claro, el calor de verano, pero luego empezaban los fríos, no maduraban las uvas como Dios manda y había que mezclarlas con otras. De Cebreros, me acuerdo, un pueblo de Ávila, de ahí se traía la uva y de Toro.

* Marchó de niño a estudiar fuera.

P: Aunque ya has dicho que era ácido, ¿me puedes decir algo más sobre el sabor del vino?
Javier: Yo es que el vino es una cosa que no he saboreado, al menos de lo de aquí. De niño no te daban. ¿Sabes lo que nos daban?, un trozo de pan para merendar, untado en vino y un poco de azúcar por encima, estaba muy bueno. Dice que era bueno para los niños. Lo tomábamos así y era la única manera de tomarlo. Pero, ya de beberlo en porrón y todas esas cosas, yo no tengo recuerdos de haberlo hecho. De niños bebíamos del botijo y asunto concluido. Aquí, normalmente, los niños, no se bebía vino.

P: ¿Te acuerdas de si tenía a veces respe? [aguja]
Javier: Sí. Sobre todo cuando salía de la cuba, ¡yiii!, hacía una espuma muy curiosa, cuando se echaba [el vino]. Sí, la llamábamos respe.

P: ¿Cuándo desapareció de Guadilla?
Javier: Pues en el momento en que se trajo de Calatayud. Vino la moda de traer unas cubas de Calatayud. Venían en un camión. Porque primero, los años que no había aquí, que no maduraban bien [las uvas] y se hacía poco vino, esos años venían de la provincia de Burgos, no me acuerdo como se llaman esos pueblos. Yendo hacia Madrid, a la derecha..., Roa, ¿puede ser? Pues de ahí solían traer. Venían en carros grandes en los que traían unas cubas; tú ibas con los garrafones, les comprabas unos garrafones de vino y hasta que vinieran otra vez, dos o tres garrafones. Eso solamente cuando había poco. Pero, ya, en el momento que se empezaron a hacer aquí la concentración parcelaria, los majuelos [las viñas] no se cuidaron, fueron poco a poco desapareciendo y el vino se traía directamente en cubas. Esta [donde estamos] era la bodega. Yo me acuerdo de que mi suegro tenía aquí los bocoys [barriles grandes], que llamábamos, eran unos recipientes muy grandes, de cuando se hacía el vino aquí en el pueblo. Era una cuba de no sé cuántos litros, 50 o 100 litros, no sé lo que tendría la cuba. Le ponían la espita y a sacarle el vino. Pero claro, eran vinos creo que químicamente ya más tratados, digo yo. Porque aquí al vino natural, que yo sepa, no se le echaba nada. Solían echarse, para que fermentara mejor, huesos de jamón o huesos de algún animal asado o sin asar; me acuerdo de que lo colgaban [dentro de la cuba]; dicen que daban más fuerza al vino. Yo de eso ya no entiendo.

P: Entre que se abandonaron las viñas y se arrancaron, ¿qué pasó?
Javier: No se hizo todo de golpe, sino que la gente fue quitando viñas o majuelos, porque aquí había dos términos. El majuelo es una finca donde estaban muchas plantas de vides, pero a ras de tierra, mientras que en lo que era la viña solían hacer un agujero grande y estaba plantada abajo, para que cuando viniera el sol tuviera más calorcito y se maduraba mejor la uva. Es la única diferencia que aquí se decía, entre viña y majuelo. La viña daba mucho trabajo y la abandonaron; allá por los años 1950, por ahí, desaparecieron ya las viñas. Ponían majuelos y ya estaba con eso. Así lo hacían aquí.

P: ¿Quedan majuelos aquí?
Javier: Lo que es de majuelos, cada vez menos, cada vez menos, no sé si habrá alguno. Suelen [la gente] ir cerca de Aranda, no sé a qué pueblo, con tractores y ahora ya ni con tractores siquiera, van con una furgoneta o lo que sea, te traen la uva, lo pisan aquí, al que le gusta mucho el vino, pero muy poquita gente.

P: ¿Hay gente que hace vino aquí?
Javier: Lo hacían, pero ya cada vez menos. Los amantes de la uva y de todo esto han ido desapareciendo y luego, las botellas [el vino comercial] lo han hecho desaparecer prácticamente. Hoy día no hay nadie que se dedique a eso. Pero, hasta hace seis o siete años sí que había que cogían esa uva, la pisaban, de Toro venían, porque [la uva de Toro] es muy negra, muy fuerte y hacía buen vino.

P: ¿Había términos que, de preferencia, tenían más viñas?
Javier: Sí. Normalmente, solían estar en todos los altos. Era curioso. Yendo a Sandoval, aquí, a mano izquierda, en La Cuesta que llamábamos, ahí había muchas viñas. Yendo hacia la ermita [de Villamar], un [término] que llamábamos El Iruelo, eran terrenos muy planos, pero altos. Y otro, aquí, yendo a Tagarrosa, unos campos que son muy llanos y están encima de un alto es donde más solía haber. Dice que normalmente no se helaban tanto porque el aire se movía con más facilidad y evitaba que se estropearan las viñas, de esa manera. Tampoco te puedo dar muchas razones.

P: ¿Te acuerdas de las labores que se aplicaban a las viñas? ¿Has estado tú alguna vez [en ello]?
Javier: Sí. Era bonita la vendimia. Era el final del verano. De los ciruelos ya podías comer ciruelas, las uvas ya empezaban a madurar y comíamos uvas. Me acuerdo de que, entre los mozos que tenían novia aquí, una de las cosas curiosas era «lavarles la cara» [a la chicas], que llamaban, claro que en plan de pitorreo. Sobre todo con las uvas pintas [tintas] y cuando [las chicas] estaban despistadas... [les pintaban la cara espachurrando en ella uvas tintas]. Era todo preparado, porque el novio sabía dónde iba a ir la novia suya a vendimiar, él aprovechaba «Padre, mañana vamos a tal sitio». Cogían las uvas y las untaban [la cara todo alrededor], y ¡unos chillidos! Era una cosa de cariño y de darse cuatro abrazos allí, de una manera disimulada. Era curioso.

P: ¿A la poda fuiste alguna vez?
Javier: A la poda yo iba a recoger. No me acuerdo qué nombre tenía el recoger los sarmientos. Lo solíamos hacer mi madre y yo. Íbamos, yo iba recogiendo, cuando ya teníamos un atado bien [preparado], mi madre se encargaba de atarlos [los manojos]. Y los íbamos dejando [colocados]; no se traían del campo, se dejaban debajo de unos árboles o donde fuera. «Apañar» se llamaba [a recoger los palos o sarmientos]. Esos manojos [se usaban] para cuando había que hacer unas chuletitas o había que empezar el fuego, cuando se levantaba la mamá para poner [las cosas al fuego], unos palitos de esos. Con paja y eso ya se empezaba a trabajar.

P: ¿Se araba la viña?
Javier: Sí. Había arados para las viñas. Eran arados romanos, yo los he visto. Ya no se emplean. Llevaban un rejón grande de hierro, era muy estrechito para ir [maniobrando bien]. Normalmente se araba solo con un animal, una mula, para que no pisara las vides, porque estaban bastante juntas. No es como ahora que ya va preparada una máquina para que les saque la uva.

P: ¿Quién participaba en la vendimia? ¿Mujeres, hombres, niños?
Javier: Ahí, todos. Se llevaban unos cestos muy grandes, con la boca muy ancha, el culo era más estrecho. Esos cestos iban atados a un carro. Los niños llevábamos cestas más pequeñas, las mujeres un poco más grandes, los hombres un poco más grandes. Se llevaban «coloños». Todo eso, después, entre el padre y un hijo, que tenían más fuerza, lo llevaban al carro, lo echaban a los cestos y, una vez llenos los cestos, se llevaban a los lagares.

     

P: ¿Se contrataba gente para vendimiar?
Javier: No. Que yo sepa, no. Quizá en alguna casa que tenían mucho vino. En mi casa no, ni en casas sencillas que se hacía el vino para uno solo. Normalmente no.

P: ¿Era muy grande el majuelo vuestro?
Javier: Teníamos tres majuelos. Uno estaba en el alto de La Cuesta, yendo a Sandoval a mano izquierda. Otro en El Iruelo, que era el más pequeño, eran viñas, esas eran muy viejas. Y luego, el plano, que estaba cerca, yendo al camino de Tagarrosa, que era bastante más grande. Lo suficiente para hacer un bocoy grande. No sé cuántos litros hacía un bocoy. O dos o tres cubas. Había que prepararlas.

P: ¿Era para consumo del año o para vender?
Javier: Vender aquí, que yo sepa, muy poca gente. Bueno, cuando había mucha gente que cogía, porque había gente que tenía bastantes viñas, lo solían vender para consumo del pueblo. Además de ir a la cantina... El señor anterior a nosotros [en esta casa], que tenía ahí una bodega, de haberlo oído a mi suegra, vendía vino. Iban a su casa, lo vendían, iban comprando para beber. Pero para llevar cantidades, no. Había aquí una especie de taberna, venían cuatro amigos a tomarse eso, pero no para coger y llevarte a casa el vino. Claro que, en Guadilla, cuando yo era niño, rondábamos los seiscientos habitantes, era muy grande. Solamente niños que íbamos a la escuela de seis a catorce años, noventa y seis o noventa y siete, no llegaba al ciento pero... ¡eran niños!

P: ¿Dónde, a qué horas y en qué circunstancias se consumía el vino? ¿En el hogar, en el campo, en las bodegas, acompañados, solo, en sopanvino, para celebrar la venta de una vaca u otras celebraciones, pagar la patente un forastero que sale con una chica del pueblo?
Javier: El vino familiar era, normalmente, para comer y para cenar. Para almorzar, el churrillo también tenía que tomarse. Para la siega, se almorzaba en el campo y, muchas veces, cuando estabas en el campo, también se solía comer allí. Y luego la cena. Lo bebían las personas mayores, los niños no me acuerdo que bebieran. Luego estaba la taberna; el hombre era el que más se encargaba de los animales; a las ovejas era el encargado de darlas de cenar, después de haber venido [el rebaño] del campo, un pienso para que pasaran la noche, y otro piensecito antes de marchar al pastor, que ya fueran comidos los animales. Luego, el ir a la cantina era un rito. Cogían un trozo de queso, se lo metían en el bolso, un cacho de pan y se marchaban «¡Hala, ponme un...». Todo el mundo tenía su porroncillo. No sé si haría un cuarto de litro o algo más. «¡Hala, ponme un porroncillo», sacaba el pan... También se compraban unas sardinas arenques; se las apretaba y se las iban comiendo. Era un rito. Cuando terminaban de merendar los hombres, se marchaban a sus casas. Lo primero era cuidar el ganado, darles el último pienso. Mientras tanto, la madre iba preparando la cena y todas estas cosas. Eran ritos que había entonces aquí.

                          

P: ¿En la cantina se bebía vino churro?
Javier: Normalmente, no. Si el señor lo tenía y lo podía vender..., porque claro, había normas. El que vendía el vino tenía que venderlo a unos grados determinados y, esos grados, quizá, el churrillo no les tenía. Era más flojo. Dependía de años, si había hecho muy bueno, eran vinos muy fuertes, pero si no, normalmente era flojito.

P: ¿A las bodegas iba la gente a compartir el vino?
Javier: Sí. Aquí llamaba la atención cuando venía, por ejemplo, de un pueblo de fuera. Y eran muy solidarios entre ellos. Ibas a la bodega, a lo mejor había seis o siete que no estaban en sus bodegas, sino que iban a la de Pedro, después a la de Juan, después esto, y luego a casa haciendo alguna que otra ese, pero bien se lo pasaban. Mientras oías de otros pueblos: «Es que vas a esos pueblos y nada, cada uno a su esto, comiendo su cacho pan con un cacho queso solos y no hablan con nadie». Sin embargo, aquí eran como más abiertos. Depende de las personas.

P: ¿Aquí, cuando iban a beber [a las bodegas], qué era, por las mañanas, por las tardes?
Javier: Normalmente por la tarde o, si no, a mediodía, pero a mediodía no, porque había que preparar cosas. Normalmente, cuando ya habías terminado las labores del campo. No es que todos los días se hiciera ese rito, pero con cierta frecuencia sí, pero ya más tarde [en el día].

P: ¿Se hacía en distintas bodegas?
Javier: Sí. Claro, las bodegas estaban repartidas. Había un sitio que llamaban Las Bodegas, que era donde más había de ellas. Otros las tenían más cerca de casa y se juntaban dos vecinos. Luego, por ejemplo, se mataba cerdo, te ayudaban los vecinos, te ayudaban los tíos, ..., y también después de eso venía lo que aquí llamaban el almuerzo. Almorzaban bien, bebían sus vinos. También, cuando se arreglaban los caminos, le llamaban «las botijas»; ese día era el Ayuntamiento, que traía vino, normalmente más fuerte que lo que se tenía en casa; se iba al Ayuntamiento y ese día, lo mismo que cuando iban a tomarse el vino a la cantina, pues ese día iban a tomarse el vino al Ayuntamiento. En el Ayuntamiento había unos asientos todo alrededor, se iba con la botija, que era una cántara, iban repartiendo vino; el que aprovechaba ese día se ponía... «como Dios manda». Era curioso. Iban todos, para hacer los caminos, solían ir todos, solían hacerlo de esa manera ¿Qué más?, pues cuando mataban una vaca o lo que fuera, cuando había un acontecimiento también solían juntarse.

P: ¿Te suena pagar la patente el forastero que tenía una novia?
Javier: Había dos patentes aquí en Guadilla. Si el mozo era de Guadilla y la moza era de Guadilla, era la patente simple. Entraban todos los mozos y se les decía, depende de la riqueza que tuviera el dueño, en novio en este caso; «Bueno, pues mira, este como es más rico vamos a ver si nos prepara una docena de huevos y luego hacemos una merienda y todo esto», pero siempre con el novio. Normalmente, el novio se adelantaba. El novio que era un poco más humilde, pues «Tampoco vamos  forzar». Esa era la patente, por decirlo, sencilla. Ahora, cuando el mozo se llevaba una moza, eso ya eran palabras mayores. Entonces, cuando entraban a darle la enhorabuena, la víspera, antes de entrar ya len había dicho a este señor «Nos tiene que pagar 500 pesetas, cien pesetas, doscientas pesetas». El mozo mayor determinaba; bueno, determinaban entre todos, pero el que podía hablar nada más que era el mozo mayor. Entraban, se ponían los vasos «¡Venga, a beber!» y nadie bebía. Tenía que hablar el mozo que se casaba: «¡Hombre!, es que yo no sé las normas» [y el mozo mayor] «Bueno, pues, mmh...» Y como ya la novia le había avisado de que allí había que soltar la castaña, pues esperaban. Que ellos habían dicho quinientas y caían doscientas, pues nada «¡Qué!, ¿no bebéis?» «¡Bah, Eh!, ...», siempre haciéndose el longuis, no bebía nadie hasta que llegaba [el dinero] a lo que los mozos habían dicho. Cuando llegaba a las quinientas, por poner un ejemplo, ya sabían que con eso luego iba a venir una merienda, iba a venir... Se preparaban una buena merienda para después de la boda e invitaban también al casado ya, otra vez. Y, que no, pues se enfadaba el mozo «¡Eh, ya está bien de pedir!», entonces los mozos se levantaban, se marchaban y, lo que venía después, te puedes imaginar. La cencerrada, toda la noche de bodas dale que te pego. Iban a casarse, [haciendo que toca unos platillos], «¿Quién se ha casado? - Fulano - ¿Qué nos ha dado? – Nada - Que siga la cencerrada». Salían de misa y pin pan [sin parar]. Para evitar todo eso... Yo solamente he conocido una, una cencerrada, y cuidado que había bodas. Se lo solían pensar muy bien y el que se pasaba de listo lo pagaba bien. Son costumbres un poco tontas, si quieres, pero era así.

P: Cuando se vendía una vaca, ¿se invitaba a vino?
Javier: Sí, normalmente después de haber hecho el contrato. Y no solo cuando se vendía. A veces, por ejemplo, llegaban las matanzas y para hacer chorizos se solía matar también una vaca; una vaca más o menos vieja. La compraban, a lo mejor, entre cuatro. Decían, un cuarto para uno, otro cuarto para otro, otro para otro,... Como iban a matarla ellos mismos, pues se juntaban entre ellos, hacían una merienda... Me acuerdo que aquí hubo baile y en los pueblos de alrededor no había baile. Venían, por ejemplo,... Con los que mejor se llevaban, Guadilla, era con Villanueva de Odra. Venían de Villanueva, de Quintanilla de Riofresno, de Tagarrosa, de Santa María Ananúñez, mozas y mozos venían aquí a bailar. Antes de empezar el baile, porque no se podía empezar el baile hasta que no venía la luz y la luz venía de noche y a veces tardaba en venir, porque no eran luces que estaban todo el día, sino que lo mandaba La Campesina, de Castrillo de Riopisuerga a la hora de ponerse el sol, y a medianoche o así ya te lo quitaban. Duraba según el agua que hubiera [en el río] y a veces duraba hasta que amanecía. Cuando daban el primer pienso [de la mañana al ganado] desaparecía la luz y hasta por la noche. Y esperando eso, se juntaban los mozos, compraban una lata de escabeche, entonces no había remilgos, aquellas de cinco quilos, y todos los de los pueblos de alrededor, se juntaban todos, y decían «Bueno, pues vamos a merendar antes de ir al baile». Sacaban un garrafón de vino, aquello. Y vamos, merendaban allí la mar de bien. Luego pagaban entre todos y no pasaba más. Se lo pasaban bien.

P: Aquello que me contabas antes que tomabais los niños con el pan, ¿eso se llamaba sopanvino?
Javier: Sí, una sopanvino. También había una planta que se llamaba sopanvino; eran unas yerbas que nacían en los prados y la llamaban sopanvino porque tenía un color entre morado y azulado, pero no tenían nada que ver con lo otro. A los niños [se les daba]. Cuando estabas catarrado, el pan te lo tostaban, que dicen que tenía una virtud, yo no lo entiendo. Tostaban el pan, echaban vino y encima azúcar. Te limpiaba la garganta, sobre todo cuando tenías cosas. Era un medicamento, que decían, no sé si haría algo o no haría nada.

P: Alrededor del vino churro había otras posibilidades que eran hacer tostadillo, angélica, picarrasca y aguardiente con los rampojos ¿Hacíais aquí alguna de las cuatro cosas?
Javier: Dos sí. Angélica. Y luego venían de un pueblo, de Lantadilla. Se lo llevaban a Lantadilla, una vez prensada toda la uva, carros de rampojos, que llamábamos aquí. Se echaba todo eso en un carro y se llevaba a Lantadilla. El de Lantadilla lo miraba y decía «Pues esto, te vamos a dar diez litros de aguardiente» y, sí, hacían ese trámite [ese trato]. Llevabas tú diez botellas [vacías] o tu recipiente y te lo echaban allí. Luego, se hacía la angélica, que en este momento no sé explicarte cómo se hacía. Recuerdo, así, entre comillas, que me parece que se cogía mosto, es decir, que no estaba fermentado el vino, se le echaba azúcar, se ponía el tapón, se tapaba y se ponían unos alambres para que no saliera [disparado el tapón]. Ese vino, en vez de por San Andrés [el vino nuevo añejo es], se solía empezar la víspera de navidades, no faltaba mucho para ellas. Se tomaba para probarlo, esa angélica era familiar; antes de comer el día de Navidad o por entonces, ya no recuerdo con exactitud, se bebía un poquito de angélica ese día, se la daban a los niños también. Yo muchas veces que dicho que si hubiera sido un champán mal hecho, digo yo. No sé cuál era la finalidad.

P: ¿Había bodegas en las casas?
Javier: En las casas hubo bodegas, pero el que no la tenía tampoco tenía que tenerlo en casa. Como ya te he dicho cuando [hablamos] de los quesos, era una habitación, normalmente oscura, que no se empleaba nada más que para despensa y entre otros estaba la bodega, pero no [era bodega], pues solía estar en el primer plano. Donde tenías que bajar era en las bodegas que había fuera del pueblo.

P: ¿Había rebusca en la vendimia?
Javier: Sí. Íbamos los chiguitos. Ya ves tú, para comer cuatro gajos* que habían sobrado, pero nada más. La gente procuraba limpiar bien las cosas por si las moscas [retirar a conciencia los racimos]. Era para pasarlo bien los niños.

* Gajo: racimo apiñado de cualquier fruto (DRAE 2ª)

P: El vino, ¿se hacía individual o por grupos de gente? ¿Mezclaban la uva de unos y de otros? ¿Los había que tenían su vino y otros que mezclaban la uva y luego daban las noticias?
Javier: Se usaba la uva para hacer vino de aquí, cada uno la suya. Como te he explicado antes, solían traer de Toro y de otros sitios donde la uva era más fuerte, sobre todo la de Toro, que dice que daba color, porque, si no, el churrillo quedaba muy clarete. Venían unos señores, primero con carros de mulas, venían tres o cuatro mulas y unos carros muy grandes. Solo te venían con la uva. «Dame cincuenta quilos, dame esto...». Luego ya venían con camionetas. Con camiones grandes ya no porque ya no se hizo aquí la uva a partir de cierto tiempo.

P: ¿No se formaba ningún grupo para hacer el vino el común?
Javier: Se ayudaba. Aquí había dos prensas. Una vez que en casa se pisaba y se mantenía en el lagar uno o dos días, para que fermentara. Una vez que fermentaba se bajaba a una especie de pozo del que se iba cogiendo el mosto y se le iba llevando a las cubas. Previamente había que haber lavado las cubas y las metían una especie de velas de azufre, las tenían dentro un rato encendidas. También metían cadenas de las vacas a las cubas y venga a moverlas y a lavarlas. Primero echaban todo lo que era el ácido tartárico, que parecía como si fuera hígado, lo limpiaban bien, luego las tenían a remojo. Era un rito. Los señores se tiraban unos cuantos días limpiando, hasta que se hacía aquello con esa especie de velata que te he dicho. De esa manera, ya estaban preparadas. Los rampojos que sobraban se llevaban a las prensas por lías. Había dos prensas aquí. Tú mismo cogías ese mosto [el que salía de las prensas] y te llevabas el mosto sobrante, más los rampojos que sobraban para cambiarlos por orujo.

        

P: ¿Teníais  minchauvas aquí, guarda del campo de las uvas?
Javier: Sí. Era el mismo que cuidaba los campos. Aquí guarda del campo había todo el año. Se encargaba de la uva. Ponían una caseta, que era un sencillo palo vertical y sobre él hacía como una tienda, como si fuera del tiempo  de los hombres prehistóricos y [desde dentro] él vigilaba. Teníamos más miedo a eso porque nos veían si íbamos a coger las uvas, las manzanas o lo que fuera. «¿Estará ahí el guarda?» Siempre estábamos pendientes de si el guarda estaba o no estaba y vigilaban. Me acuerdo de una vez que fuimos a coger uvas y luego venía el alguacil [con la multa]. «Es que tu hijo ha ido a coger uvas a tal sitio». Un combo [un coscorrón] «¡No se cogen las uvas más que las de tu majuelo!». Pero vamos, siempre sabían mejor las del otro.

P: El mosto, ¿se guardaba en cubas o también en pellejos?
Javier: Aquí se guardaba todo en cubas. Los pellejos los traíamos de Sotresgudo, de un tal Santiago. A lo mejor lo conociste. Ese te lo vendía por pellejos. Porque mover ese vino... No se hacían trasvases. Normal, una vez que estaba ya en la cuba, hasta que ya no daba más la cuba. Si empezaba a salir el polvillo del ácido tartárico, ya no se bebía. Había gente a la que se le cortaba [el vino], se hacía vinagre. Ese señor vendía vinagre a todo el pueblo, «¡Tengo vinagre, el que quiera venir!», ibas con una botella, «Que me dé un litro de vinagre». Eso ya es cosa aparte.

P: ¿Tenía alguien una mesa de exprimir la uva? Tenían un palo largo.
Javier: Nosotros la tuvimos. La hizo mi abuelo, que era carpintero. Vino de Tapia y su padre y él la hicieron, con todo de madera. Recuerdo que mi hermana la vendió porque ya no se empleaba para nada. Fue una pena. A mí me hubiera gustado haberla tenido. Sí que había de esas. Pero aquí, ya se recurría a las típicas que venían con una palanca, que eran metálicas.

P: ¿Sabes algún dicho sobre el vino de Guadilla?
Javier: No recuerdo. Quizá les hubo.

P: ¿Hay alguna iniciativa en Guadilla para su recuperación?
Javier: Hay unos jóvenes, dos del pueblo, que quieren poner en tierras comunales, que hay todavía en Guadilla, volver a poner cepas y hacer majuelos. Ese futuro lo veo [regular]. En plan experimental quizás sí, pero ya en plan productivo no lo veo. Pero vamos, bien está que de vez en cuando... «Bueno, pues hemos plantado cien cepas» y hacer uvas y hacerlo para que la gente vea cómo se hacía. Ya en plan industrial, no lo creo. No sé si lo harán. Sí, tienen ilusión de hacerlo.

 

 

 

Video

 

 

Todas las imágenes que ilustran este video son de cosecha propia y han sido tomadas en Guadilla de Villamar, Sandoval de la Reina, Lantadilla, Cieza (vaca tudanca) y Villadiego (sardina arenque), salvo el mapa, que procede del visor cartográfico del Gobierno de España, y la foto en B/N de jóvenes en las bodegas de Guadilla que se ha tomado de la Revista Villamar.
agradecimiento a Javier Ortega por su colaboración y buen humor
página creada el 18/04/2022