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Alfonso VI    (?, 1042-Toledo, 1109) 

    Rey de León (1065-1071) y de Castilla y León (1072-1109). Segundo hijo de Fernando I el Grande y de Sancha; fue derrotado por su hermano Sancho, heredero de Castilla y perdió las parias de Zaragoza en las batallas de Llantada (1068) y Golpereja (1072); a raíz de ésta, Alfonso fue desterrado a Toledo.

    Sin embargo, a la muerte de su hermano (cerco de Zamora, 1072) recuperó los reinos de León, Castilla y Galicia, ocupó La Rioja, y Sancho Ramírez de Aragón y de Pamplona le juro fidelidad.

    En mayo de 1085 entró en Toledo y en 1086 fue vencido en Sagrajas (Badajoz), a consecuencia de lo cual se reconcilió con el Cid, a quien había expulsado de Castilla en 1081; poco después Rodrigo Díaz, El Cid, conquistó Levante en nombre del soberano.

    Alfonso VI fue continuamente derrotado por los almorávides entre 1086 y 1109.

    El reinado de Alfonso VI es crucial en la expansión del reino castellano-leonés hacia el sur. En el 1085 conquista Toledo, tras una campaña mal conocida. Es la primera vez que se conquista una gran ciudad musulmana. Además, Toledo era la antigua capital visigoda. Tras su conquista, Alfonso VI se titulará Imperator Toletanus. Con la conquista de Toledo la frontera se establece en el Tajo. En ese mismo año García Jiménez conquista el castillo de Aledo (Murcia) y en el 1094 el Cid conquista Valencia. La Reconquista al sur del Tajo está bien asentada.

Fuentes Gran Diccionario Enciclopédico PLANETA DeAGOSTINI - Versión en CD ROM // http://club.telepolis.com/pastranec/interesantes/alfonsovi.htm

 

Alfonso VI fue padre de Urraca.


Alfonso VI y el Camino de Santiago

 

del libro "El Camino de Santiago. Una visión histórica desde Burgos", de Luis Martínez García (Cajacírculo Obra Social)

 

Alfonso VI y el Camino de Santiago

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Durante casi trescientos años tuvieron que sufrir las razzias de los musulmanes en condiciones de inferioridad, llevando y manteniendo a duras penas la frontera por la línea del Duero y la Rioja, expuestas a constantes peligros.

Pero las cosas mejoraron después de la espectacular caída del califato de Córdoba (1031) y de la unión de los reinos de León y de Castilla (1037). De una parte, los reyes quedaban convertidos en líderes de la lucha contra el Islam (Toledo, 1085) y en principales beneficiarios del oro y de la plata que en forma de tributos (parias) llegaban de los reinos de taifas, y de otra, en el interior, consolidada Navarra e incorporada la Rioja a Castilla (1076), se hacía viable por vez primera una planificación general del espacio en torno al eje abierto en tiempos de Sancho III el Mayor de Navarra. En adelante las tierras al norte del Duero, entre Galicia y los Pirineos, podían ser franqueadas sin mayores obstáculos y soportar convenientemente nuevos impulsos colonizadores.
Los reyes, en lo suyo, invitaron a venir; como los nobles en los territorios donde ejercían señorío. Se ofrecía una tierra abierta, virgen, una tierra de frontera y de misión. Se necesitaban brazos para afianzar las conquistas, para explotar el éxito económico derivado de las nuevas roturaciones y de las actividades urbanas, artesanales o comerciales, y, en el plano ideológico, para implantar el orden feudal vigente al otro lado de los Pirineos. Al reclamo llegarían resueltos, de dentro y de fuera de los reinos, caballeros guerreros, monjes reformadores e individuos anónimos de los más variados oficios en busca de fortuna. La Península Ibérica enlazaba con Europa y el Camino de Santiago pudo al fin convertirse en un fenómeno de masas, escaparate del progreso y punto de encuentro de las culturas europeas.

Si fuera por concretar en el tiempo este conjunto de circunstancias favorables, tendríamos que remitirnos primeramente al reinado de Alfonso VI y al de su coetáneo navarro Sancho Ramírez.
Gracias a su empuje se dieron pasos de gigante en el proceso de aproximación a Europa, dando entrada a las corrientes reformadoras dominantes al otro lado de los Pirineos: monjes cluniacenses puestos al frente de monasterios y episcopados, nobles franceses que contraen matrimonio con hijas del rey, la letra francesa que sustituye a la letra visigoda o la liturgia romana a la mozárabe, el arte románico..., y, en cuanto al Camino, promoción y seguridad como nunca antes.
Quienes se han acercado a la obra de Alfonso VI -entre otros, historiadores de la talla de J. A. García de Cortázar, 1. Ruiz de la Peña, C. Estepa, J. M. Mínguez o P. Martínez Sopena-, han reconocido los esfuerzos del príncipe por mejorar las vías de comunicación, garantizar la seguridad física de mercaderes y peregrinos, dotarles de centros asistenciales o reorganizar la vida ciudadana mediante la concesión de fueros liberalizadores. La Crónica del obispo don Pelayo de Oviedo, escrita poco después de la muerte del monarca, dice en tono complaciente que mandó reparar todos los puentes existentes entre Logroño y Santiago. El creó un espacio privilegiado a lo largo del Camino con medidas de tutela jurídica, unas veces eliminando trabas, como el impuesto que gravaba a los transeúntes en Autares, a la entrada del reino de Galicia, y otras veces, más bien, incentivando judicial y fiscalmente el desarrollo de las actividades comerciales y artesanales con la concesión de fueros francos como los de Logroño (1095), Nájera (1076), Sahagún (1085) o Villafranca del Bierzo (1092).

Para el caso de Burgos, el reinado de Alfonso VI significó la consagración definitiva como punto clave del Camino y referencia esencial de las nuevas corrientes venidas de fuera. La instauración de la sede episcopal (1075), la celebración de un concilio nacional que aprobaba el cambio de liturgia (1080), la fundación de los dos primeros hospitales (1085), la exención fiscal de mañería a sus pobladores, castellanos o francos (1103), debieron de llamar la atención de los ciudadanos por lo que representaban de cara a su integración en los círculos económicos y del pensamiento dominantes en Europa. La nueva cultura feudal no podía hallar mejor embajador que San Lesmes y sus monjes franceses instalados a la entrada de la ciudad con el apoyo del rey y el beneplácito de la ciudadanía (F. J. Peña Pérez, 1997).

 

Doña Urraca y el Camino de Santiago

La política europeísta y jacobea de Alfonso VI se mantuvo casi sin fisuras durante el gobierno de sus sucesores. Es verdad que a su muerte sobrevino un periodo delicado marcado por la conflictividad social y política. La ocasión vino dada por el matrimonio de su hija y sucesora, la reina doña Urraca, con Alfonso el Batallador, rey de Aragón, en segundas nupcias, desplazando de la sucesión al infante Alfonso Raimúndez, el futuro Alfonso VII, habido de su primer matrimonio con el noble francés Raimundo de Borgoña. La ruptura matrimonial, el año 1114, lejos de mejorar las cosas, daría lugar a una serie de enfrentamientos armados. Desconfiando de la nobleza castellanoleonesa, el aragonés retuvo parte de su poder en Castilla entregando plazas fuertes de la zona a nobles navarros y aragoneses (Nájera, Belorado, Burgos, Castrojeriz, Carrión de los Condes), cuya recuperación en forma violenta por los castellanos sería de nuevo fuente de conflictos hasta que el Batallador fuera expulsado de la plaza de Castrojeriz, último baluarte, el año 1131.
Aquellos años debieron de ser incómodos para los peregrinos. La centralidad del Camino atrajo a los contendientes que procuraron su control en claro perjuicio de las infraestructuras viarias, comerciales y asistenciales, principalmente en el tramo de Tierra de Campos, fronterizo a las áreas de influencia de unos y de otros. La Historia Compostelana dirá que los partidarios del aragonés dilapidaban los bienes de los hospitales donde se hospedaban los peregrinos. Pero no sólo los guerreros. También los agricultores, los artesanos y los mercaderes de los grandes núcleos protagonizaron revueltas contra los señores en un intento por mejorar sus posiciones. Sabemos lo que sucedió en Sahagún, en Lugo y en el propio Santiago por los años 1110-1120. Sin embargo, los conflictos sociales no alteraron gravemente el flujo creciente de las peregrinaciones. Si acaso crearon molestias, como le sucedió al arzobispo de Compostela Gelmírez que en 1119 estando en Sahagún camino de Burgos tuvo que desviarse hacia Palencia en busca de la protección del obispo de la ciudad. Pero el Camino había adquirido ya una fuerza irrefrenable y hasta los mismos contendientes le apoyaron. La reina Urraca promoverá la repoblación de Villafranca del Bierzo, mientras Alfonso el Batallador otorgaba un fuero de francos a la villa de Belorado.
Una vez restablecida la paz y durante más de una centuria, hasta mediados del siglo XIII, debió lograrse el apogeo de las peregrinaciones. De una parte, seguían firmes los valores religiosos. La mayoría de quienes iniciaban el camino arrancaban movidos por impulsos de fe, por la esperanza de recuperar la salud, en cumplimiento de un voto o de una promesa, como castigo o penitencia. De otra, con un camino elevado a la categoría de cuestión de Estado, persistía el apoyo de las instituciones y de los poderes feudales, desde la Corona hasta el último señor de la nobleza.

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Fuente:
"El Camino de Santiago. Una visión histórica desde Burgos". pgs. 86-89
Luis Martínez García. Ed. Cajacírculo Obra Social. 2004

         

Fuente: "El Camino de Santiago. Una visión histórica desde Burgos". Luis Martínez García. Cajacírculo Obra Social.