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Sotresgudo - Libro de fiestas 2015

Destaca en este libro el trabajo «El Sotresgudo de las Tradiciones», de Florentino García Pérez, que trata sobre tradiciones de la Semana Santa.
Recogemos en texto este documento al final de esta página.
El libro también incluye el artículo titulado «Desmortización, San Cristóbal y Fincas San Cristóbal», de José López Carretón y una colaboración sobre el «Geoparque Mundial de las Loras».
Abajo puede descargarse el libro completo en pdf.

      


      


      


      


      


      


      


      


      


      


      


      


«El Sotresgudo de las Tradiciones»

Las matracas, los huevos de Pascua y otras cosas de la Semana Santa

En aquellos remotos tiempos de mi infancia y adolescencia el espíritu tradicional de las Cuaresmas y Semanas Santas fue en nuestro pueblo, fundamentalmente el de una religiosidad austera y sentida, netamente castellana. Una vida replegada esos días en la gravedad de los templos entre crespones morados que cubrían los retablos, Misereres penitenciales los viernes y dolientes y devotos Vía Crucis.

A nuestras abuelas no les cabía en la cabeza que sus nietos en un arranque excesivo de tontolina ligereza, tararearan durante este santo tiempo las melodías pegadizas de gramolas y bailongos que permanecían mudos hasta el domingo de Pascua Florida.

En la Semana Santa no debía salirse de los graves tonos de la tradición y liturgia eclesial significado en cánticos como "Perdona a tu pueblo", "Amante Jesús mío", "Miserere", "Salve Dolorosa",… , cantos que acompañaban a abuelas y madres hasta haciendo las camas y preparando la lumbre.

Esos días se prolongaban en un continuo "Oficio de Tinieblas". De él habría mucho que comentar, pero preferimos centrarnos en algo que afectaba al entorno de nosotros los chavales que entonces vestíamos pantalón corto o, a lo sumo, pantalón bombacho y raya en el pelo.

El espíritu religioso de aquellos entre serios y atolondrados adolescentes se volvía por lo menos escandalosamente ruidoso y nada mejor para demostrarlo que bajar del desván o del trastero, la polvorienta, silenciosa y litúrgica matraca para su puesta a punto.

Parodiando aquella rima, “¡cuánto ruido dormía en sus mazos…!”

El Diccionario la define como "instrumento de madera que sustituye a la campana en Semana Santa y consiste en un tablero y unos mazos que al sacudirlo produce ruido desagradable".

Para aquellos bienaventurados chavales era un ruido de lo más agradable y escandaloso a la vez sin perro ni gato capaz de soportarlo. Salmodia cuaresmal a golpes secos de madera.

Llegar a tener una matraca en propiedad era el ideal y el logro de todo muchacho que se preciara y la puesta de largo de una aspiración hacia ese estatus social que nos reafirmara como chavales hechos y derechos.

Matracas había de todos los pelajes, pero las más fardonas solían ser las de olmo, roble o nogal con un solo y grueso mazo. También las había de varios, tal vez más repiquetonas y cantarinas pero sin la gravedad de las primeras.

En algún aspecto, las chicas eran las olvidadas y discriminadas que debían consolarse con hacer girar las carracas en el tan esperado y largo "Oficio de Tinieblas" cuando se apagaba la última vela del "Tenebrario", el ruido ensordecedor y casi salvaje sobre todo de los mozos ponía el templo patas arriba con algún disgusto del Párroco oficiante…

A partir de la Misa solemne del Jueves Santo, las matracas se hacían a la calle para llamar a los actos religiosos en sustitución de las campanas. Con ritmo de marcha pausada marcaban el compás para dar paso a las voces infantiles que al unísono pregonaban: “¡¡Aaaaa los Oficiooos, Diiiivinos…!!”

La matraca acompañaba estos días a cada feliz propietario como la sombra al cuerpo. Se hacía presente en los larguísimos oficios de Tinieblas, en el Calvario (Vía crucis), en el Monumento, en…, bueno, lo del "terraplén" era otra cosa y en ello nos vamos a detener.

Se trataba de bajar por el terraplén que desde el Campillo de la Iglesia descendía hasta las inmediaciones del río deslizándose sobre el torso de las matracas.

A pesar de la expectación que suscitaba, no se consiguió que entrara como deporte olímpico quizá porque ninguna olimpiada haya coincidido con la Semana Santa, pero no por práctica larga y popular. De haber sido así estoy seguro de que Sotresgudo hubiera contado con una pléyade de campeones olímpicos-.

La técnica más utilizada consistía en sentar las posaderas sobre la mitad de la minúscula tabla, agarrados al mazo a modo de timón.

Dos eran los secretos del éxito deportivo: El tener cuidada la pista a base de riego superficial que paliara la polvareda y una segunda, quizá la más importante, encerar el dorso de la matraca para que el deslizamiento fuera en plan suicida a tumba abierta.

El hacerse con cera suponía alguna dificultad que de una u otra manera se solventaba aprovechando las visitas al Santísimo expuesto en el Monumento y de aquel bosque de velas encendidas se iba sustrayendo con disimulo los plastones de cera sin levantar sospechas en las devotas abuelas que embozadas en sus toquillas y negros mantones, no precisamente de Manila, alargaban las visitas vigilando de soslayo las candelas con su distintivo lazo de color y que más tarde cumplirían su misión en las casas para ahuyentar los nublados y la posibilidad de pedriscos.

La cera aún palpitante dejaba la tabla de las matracas bruñidas como el oro refinado.

Las bajadas suicidas se sucedían en estos largos días de Iglesia. Mientras, el resto del personal entretenía sus ocios con el juego de pelota en el frontón de la iglesia, los forzudos en el campillo intentando clavar el lanzamiento de barra en la bodega de Baltasar y los más veteranos catando los caldos autóctonos en procesión de bodegas.

Una matraca con historia era la de la Iglesia, siempre en manos de los más temerarios, acaso por estar utilizada y pulida por tantas generaciones de monaguillos anteriores que conocían sus virtudes. Esta matraca era todo un "Fórmula uno" respecto de las otras. Esta si te descuidabas te descabalgaba por las orejas cerca del río.

La reñida competición se procuraba hacer a espaldas de los padres para evitar las consecuencias no precisamente agradables... Algunos matraqueros incautos, cegados por el vértigo de la bajada, no advertían su presencia exponiéndose a recibir unos cintarazos bien ceñidos a las nalgas capaces de sacar el polvo de las maltratadas culeras.

Los padres, pensando en la economía doméstica reflexionarían para sí: ¡Buenos están los tiempos para cargarse unos pantalones nuevos o incluso remendados…!

Los esforzados del terraplén, daban por bien cobrada la azotaina a cambio de este disfrute de dioses y bienaventurados elegidos. Es más, reafirmábamos la vocación de suicidas de tomo y lomo con este tributo no siempre incruento de todas las Semanas Santas, aunque no de todos pues había padres que comprendiendo la secular tradición hacían oídos de mercader y la vista gorda y allí paz y después gloria.

Así llegábamos al Sábado Santo y una nueva tradición estaba llamando a nuestra puerta. Con el agua recién bendecida, preparábamos para la tarde el recorrido por las calles del pueblo acompañando al señor cura en la visita de las casas para bendecir todas y cada una de sus estancias.

Era tradición que los monaguillos con la cruz por delante saludáramos desde la puerta a los moradores con la siguiente salutación dudosamente litúrgica y posiblemente herética, no vamos a entrar a estas alturas en disquisiciones: "¡Aleluya, Aleluya. Cristo en casa, San Pedro a la puerta, echen huevos a la cesta!".

Quien más quien menos, todas las amas de casa se las daban de generosas invitando incluso, con algún mantecado casero y copichuela de vinillo rancio, amén de los aludidos huevos y alguna distraída moneda.

Concluida la bendición de las casas, La infantil y numerosa comitiva se llegaba al pórtico de la Iglesia esperando disciplinadamente sentados, recibir de manos del señor Cura y sus acólitos, lo que podríamos llamar los "huevos de Pascua" todos naturales y autóctonos de gallina pedresa de corral.

Para darnos una idea de la generosidad vecinal de aquel Sotresgudo, anotamos las cifras que el párroco de nuestra infancia, don Gaudencio dejó escritas allá por el difícil año del duro racionamiento de 1945: "Repartí a los niños 128 huevos y quedaron 28 docenas que valieron 285 pesetas, más 27 pesetas en dinero".

Con el paso de los años y otras circunstancias y no sólo por culpa de las arizónicas que hoy crecen pujantes y lozanas en el escenario de nuestras bajadas matraqueras, se acabaron para siempre los descensos y también se acabaron los huevos…

Y es que casi sin darnos cuenta los tiempos han cambiado una barbaridad…

Florentino García Pérez

agradecimiento a Yolanda Santamaría que facilitó el documento
página creada el 08/11/2017