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SANDOVAL DE LA
REINA
He pasado varias veces por la
carretera que desde Villadiego te acerca a Sotresgudo. Y siempre, cuando
llegaba a Sandoval de la Reina, me decía a mí mismo: "un día tengo que
detenerme y pasear por este pueblo". Porque desde lejos tiene toda la
pinta de esconder un no sé qué de interesante.
En la primera ocasión dejo el coche. Aquí
no hay distancias y el paseo ofrece la posibilidad de disfrutar de los
pequeños detalles de sus construcciones o de saludar y desear buenas
tardes al vecino que responde al saludo con una mirada desconfiada y a
la vez fisgona.
En la parte alta, coronado por un altozano,
se levantan la iglesia y la
ermita de San Roque. Da gusto pasear por
nuestros pueblos tan bien cuidados y asfaltados. Si tienes suerte y lo
haces como yo cuando aún no apretaba el frío las flores lo invaden todo,
revientan las ventanas y llenan las aceras.
Aquí las calles están
trazadas como en semicírculo abrazando la pequeña elevación del terreno.
Cuando llegas a la última casa descubres que las
bodegas completan
la circunferencia. Algún añadido moderno rompe el encanto de la
arquitectura popular. Justo por este lado discurre el
río Odra
sombreado de jóvenes choperas y sobre la corriente el
puente
antiguo que le dicen romano. El paseo es ameno e imagino a las
cuadrillas, los sarmientos y ese fato mezcla de grasa, fuego y humo tan
característico en los merenderos las tardes de verano o en las fiestas
del Rosario.
Estoy junto a la
iglesia en la parte posterior. Solo viendo las cosas despacio y
fijándote aparecerán detalles que de otra manera pasarían
desapercibidos. Me doy cuenta que en la cornisa aún quedan canecillos
románicos. El libro recién publicado sobre el pueblo nos recuerda que en
su término hubo alguna ermita románica. ¿Procederán de ahí estos
canecillos? Pongo especial atención en uno y, no me lo puedo creer, pues
representa a una madre en el momento del parto.
Llego al soportal.
Porque corre el aire aquí encuentro abrigaño. El asiento corrido invita
a un breve descanso. Cierro los ojos y por mi imaginación van
apareciendo . . . los saludos domingueros y el cigarrillo en compañía,
el juego bullicioso de los niños o el último adiós al ser querido.
El verde jardín cercano
invade el soportal del color y de olor. La mirada se pierde en el suelo.
Es una manía aprendida cuando espigábamos por los caminos y ahora
practicada en tiempo de las setas.
Y el pavimento ofrece
detalles sorprendentes. El empedrado es variado, pues combina los cantos
de varios colores, las tejas y ladrillos con los huesos que parecen de
la columna vertebral de algún animal. Si te detienes un poco más ... en
hueso están marcados los detalles que más interesaba destacar AÑO 1738 y
después de dos círculos las iniciales R.A, seguramente iniciales del
nombre y apellido del maestro empedrador.
El sol de la tarde da
los últimos suspiros. El sol incide de manera oblicua sobre el enlosado.
Con esta luz aparece nítidamente un cuadrado de unos siete centímetros
de lado y un punto en el centro. Lo he visto sobre la losa más firme en
la entrada de varias iglesias y es un símbolo desconocido para mucha
gente. Es la señal del punto geodésico y que nos indica la altura en la
que está situado SANDOVAL DE LA REINA con relación al nivel del mar
Mediterráneo, que aquí es de 870 metros de altitud.
Miro al reloj. ¡Cómo
pasa el tiempo! Mereció la pena este buen rato en Sandoval.
C. González
Enero 2003
Revista Regañón
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