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Bernardino Moradillo Ruiz, artista sandovalés.
por Julio Alonso Asenjo,
con la generosa colaboración de Luis Moradillo Ruiz.
Lema:
«Un autor es
su texto, lo único que nos queda, e imponerle biografismos arriesgados,
sociologismos o historicismos externos hipotéticos resulta aplastarlo
desde afuera con pautas artificiales exteriores a las que, por supuesto,
todo texto responde. Lo sano es partir del interior y, eventualmente,
llegar a su entorno. Lo inverso es partir de presupuestos ideológicos»
(Benito Pelegrín).
Nació Bernardino en
Sandoval de la Reina, el 20 de mayo de 1916.
Murió en Burgos, el 24 de setiembre de 1986. Hijo de Esiquio
Moradillo Ruiz y de Josefa Ruiz Rodríguez, labradores. Huérfano de padre
a los 9 años, fue su abuelo, Melquiades Ruiz, herrero de profesión,
quien le creó el interés por el estudio. Para poder seguir estudiando y
labrarse un futuro mejor, como era habitual, hasta hace poco tiempo, al
menos en las zonas rurales de Castilla, un muchacho como él de familia
muy numerosa y no pudiente, tenía que ingresar en un seminario o
internado religioso.
Con 10 años, Bernardino partió a
estudiar en el juniorado de la Orden de Predicadores (Dominicos) de
Mejorada (Valladolid). En esa institución cursó estudios de educación
secundaria (el bachillerato privado de las instituciones religiosas),
para pasar, tras el noviciado, a estudiar Filosofía y Teología, estudios
estos últimos que no concluyó, pues dejó la Orden en 1937.
Ese mismo año, en plena Guerra
Civil y cuando su padrastro, Gregorio Castilla estuvo detenido, lo
llaman a filas. Cumple su servicio de 32 meses en la Plana Mayor de
Burgos dando clases a hijos de jefes y oficiales, cargo que le libra de
pasar los 6 meses reglamentarios en el frente. Le licencian de soldado
en 1939.
En 1940 consigue el Bachillerato
Universitario y en 1941 saca el título de Maestro de Primera Enseñanza
en la Escuela Normal de Ávila. Para pagar matrículas y gastos, pinta en
iglesias de la zona y en casas particulares.
En 1942 y 1943 ejerce de maestro
en Gallejones de Zamanza (Burgos). En 1942, se había casado en
Palazuelos de Villadiego
con Nieves Ruiz, hija del maestro de esa localidad, aunque nacida en
Sargentes de Lora (Burgos). Tuvo con ella una hija, que murió de 2 años.
Una foto,
montaje de otras tomadas en distintos tiempos, realizada al
parecer cuando aún vivía la primogénita, recoge el mundo familiar e
íntimo del artista entonces. De izquierda a derecha y de arriba abajo,
en cinco niveles, se ven:
1º. La hija fallecida.
Bernardino con su esposa e hija de ambos.
2º. Un medallón con la
nueva familia tras las segundas nupcias de su madre: su padrastro y sus
tres hermanos menores: Isaías, Benigno y, a la derecha, el más joven,
Vivencio.
3º. Separados y en sendos
medallones, los dos hermanos también de padre: Hno. Rufino, S. M. (= de
marista), e Isaías, S. M. (= de Servicio Militar).
4º. Nieves, por aquellos
años, su esposa y posible modelo de su arte.
(5º). Abajo, Bernardino
con amigos y familiares.
Su hijo Luis, que reside en
Madrid, ha puesto a nuestra disposición una
foto familiar
posterior, por 1952-53, por la que conocemos mejor a
nuestro artista.
A lo largo de toda su vida,
Bernardino fue profesor. Mientras enseñaba, 1944-1948, en el Colegio
Ramiro de Maeztu (Colegio Público de
Educación Infantil y Primaria, en
C/ Serrano, 127, El Viso, Madrid), cursa
estudios de Filosofía y Letras en la Universidad Central (ahora
Complutense) de Madrid. Obtiene el título de Licenciado en Filología
Moderna en 1948. Pero al mismo tiempo (1947-1948) estudia dibujo y
pintura en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando. Por tanto, no es,
al menos en este campo, autodidacta. Bernardino, que trabaja, pero
también estudia, tiene que pintar y dar clases particulares en verano,
pues por estos años no se pagaban los meses de vacaciones escolares
(verano).
En 1948 y a lo largo del resto de
su vida, enseña Latín y Griego y también de Filosofía en el Colegio Decroly,
fundado en 1927, que existe hasta hoy como centro
privado concertado, en la C/ Guzmán el Bueno de Madrid
(www.colegiodecroly.com/).
Allí le llegó la jubilación, en 1978, satisfecho del trabajo realizado,
según dijo:
¿Podré pensar en la
misión cumplida?
Llegué a esta casa joven,
soy ya viejo;
si marcho, quedaré –no
hay despedida;
me ausento de la pista,
no me alejo
y a un joven corredor mi
antorcha dejo.
Pasaba sus vacaciones en Sandoval
y, sobre todo, desde 1965, en su casa de
Tablada del Rudrón, al norte
de la provincia de Burgos,
realizando trabajos de encargo por las razones anteriormente señaladas,
como ayuda o regalo a familiares (pintura, trabajo en madera, en mármol,
construcción de zócalos, etc.), para decoración de su casa o por puro
placer de creación estética.
Entre 1948 y 1964, despliega su
actividad en su base de Sandoval (primero en la casa familiar, más tarde
en la ermita y en la iglesia) y pueblos de los alrededores (Guadilla,
Ordejón...). En sus vacaciones en Tablada, donde abunda la madera de nogal y
la piedra caliza, materiales que lo atraen como artista, tallando
primero en madera y, más tarde en piedra. De sus tallas en nogal
conocemos la serie de
Máscaras; dos excelentes
Figuras,
una de ellas primorosamente pintada; la talla de un
Cristo
crucificado y un
tablero con el gracioso motivo de Baco.
Talla también en madera de peral un placentero
Jarrón
y las muy originales y bellas
Leda y el
Músico.
En pino talló un fantástico
Capitel.
Con piedra caliza modelada
embellece su casa con formas góticas, que van de lo antiguo a lo moderno
(ventanas
y puerta), o el
jardín, con una cabeza de
caballo
y, con ecos de algún tema mitológico, plasma su nostalgia de la
“Niña”
perdida. Extraordinariamente bella y de trazo plenamente clásico es la
Fuente de Tablada (1980),
culto a la mansedumbre y frescura de las corrientes cristalinas del
Rudrón, río de vida –pesca, actividad que alguna vez atrajo al artista-,
que labra con idéntico estilo, pero en arrebato de pasión, en su
Canto a Tablada
(1985), cifra de su vida (con el trabajo y el cariño familiar),
belleza y placer:
Tablada antigua,
Tablada nueva;
Tablada núbil,
verde doncella...
verdes montañas
de hirsutas crestas,
ondulaciones
en sus laderas;
valle profundo
en la floresta
y un río macho
se hincha en sus venas
cuando fecunda
dóciles hembras,
las de los huertos
fértiles vegas...
No pudo concluir la compleja talla del
Escudo
de armas de la familia Lucio. Y, entre estos materiales que había
contemplado y modelado, entre piedras y aguas, quiso quedar: con su
esposa reposa en el camposanto de Tablada
Pero, antes de esa última
aventura artística, había dejado pruebas de su técnica y de su arte en
Sandoval y alrededores. Desde 1548, ante todo y sobre todo, proyecta,
traza y embellece la construcción de la casa de su madre (casa
de los Castilla-Ruiz, ahora de Mª Santos Mediavilla
Alonso, viuda) en el barrio de La Granja, de cuya ejecución se ocuparon
maestros canteros y peones. El edificio presenta un tejado a dos aguas
sobre planta rectangular y dos alturas. En él llama la atención su
factura y
fachada clasicista que remata en un festoneado frontón,
cuyo centro ocupa un
tímpano de 2 m de diámetro. Remate del
frontón son una
escultura femenina que reposa, dobladas sus
rodillas, sobre sus piernas y, como acroteras, dos estilizadas ánforas
sobre pedestal. Hacia abajo no hay columnas sino ocho pilastras a pares,
que pronuncian la línea vertical con su color grisáceo sobre un fondo de
ladrillo. Por esa prolongación de las líneas rectas del tímpano al
zócalo, las pilastras dan impresión de mayor altura al edificio, si bien
están moderadas por la horizontalidad de la base, por la línea de los
vanos (puerta, balcón central y ventanas) a sus lados y la acentuación de
la base del frontón. Las pilastras de reducido relieve remiten en su
sencillez lineal y en la forma rectangular de sus bases a la desnudez
del estilo clasicista, y aun herreriano. Pero su coronación en el
relieve de un capitel jónico le añade un toque de gracia y elegancia.
El mismo estilo, aunque con mayor
ornamento, se encuentra, dentro de la limitación del espacio, en cada
una de las habitaciones, pero, especialmente, en una escalera que tiende
a la suntuosidad y solemnidad, dentro del estrecho espacio del
vestíbulo. Esta escalera, de buscada grandeza, arranca muy cerca de la
puerta de entrada, para bifurcarse en el primer rellano y, así, permitir
que un fresco de grandes proporciones y colorido, que representa
El Baile de Salomé (175 x 110
cm; 1955), presida todo el ámbito, reclamado por la perspectiva de la
escalera y, al mismo tiempo, dando a ésta realce y coronamiento.
Como este fresco, entre formas de
ánforas, otros de figuras andróginas entidades aladas o ángeles adornan
y dan calor con su color la habitación central del piso principal, cuyo
techo recubre un mural en el que la figura central es
Neptuno acompañado de figuras
de su acuático reino, como Tritón, a la manera de los cuadros de N.
Poussin o J. S. Copley, sin que hasta el momento se haya dado con su
cercana fuente de inspiración. Vemos óleos por distintas salas o
habitaciones: en el comedor,
La santa
cena, imitación de la de Juan de Juanes;
en el dormitorio, un
Crucifijo que parece imitación
de la pintura de Rafael custodiada en Città di Castello –Londres,
National Gallery; en la cocina-sala de estar, un
Crepúsculo sobre el mar. Tal
traza y adornos sitúan al huésped en una casa muy alejada de la vivienda
rural castellana, de notables pretensiones estéticas y cultas, por más
que en el interior, al que se accede por los lados de la escalera, no
falten las cuadras ni otras dependencias de una vivienda agrícola y en
la planta superior, en dirección y parte opuesta a las habitaciones, el
pajar.
La obra pictórica conocida de D.
Bernardino Moradillo es más amplia que la hasta aquí señalada. Un
San Juanito (80 x 60 cm,
imitación muy libre de El Buen Pastor Niño de Murillo –Museo del
Prado, Madrid) preside una habitación de la casa de su hermano Isaías,
en Sandoval. En este mismo año de 2006, la divulgación de la obra de
Moradillo en la página web de Sandoval llevó a la aparición en
Ordejón de Arriba (Burgos) de otra pintura: una
Anunciación, que es también
imitación de la de Murillo, aunque más cercana (elimina la gloria), con
una técnica más lograda, camino del mayor acierto de La santa cena.
Conocemos dos frescos que enriquecen la iglesia parroquial del pueblo de
Guadilla Villamar. Uno, de la
Sagrada Familia, copia de la de
Rafael (La Sagrada Familia con el cordero –1507, Museo del
Prado); otro, más libre, representación de
un santo
franciscano, quizá Antonio de Padua, quizá Bernardino,
para el que el artista sigue varios modelos, especialmente a Murillo en
su Visión de San Antonio de Padua (Catedral de Sevilla), en
San Francisco de Paula (Getty Museum, Los Ángeles, California) y en
El Niño Jesús dando pan a peregrinos (Museo de Bellas Artes,
Budapest), con otros elementos tópicos de cuadros de gloria
(trinitarios, marianos o hagiográficos). El óleo de
San Martín a caballo (muy deteriorado) que parte la capa con
un necesitado, quizá se inspire en el San Martín y el pobre de El
Greco de la National Gallery de Washington, pero invertida su
disposición. Presidía la pared frontal de la ahora derruida ermita de
San Martín de Castro Rubio, despoblado, y ahora se guarda en la ermita
de San Roque, cercana a la iglesia y es una de sus más tempranas obras.
Algunos conservamos memoria de
otras pinturas de Bernardino, como la que cubría el tramo de la escalera
de subida al coro de la iglesia parroquial de San Pedro, de tema que
habrá que rescatar. También, de las ágiles figuras de Las Virtudes
Teologales, identificables por la alegoría de formas, atrezzo y
color de su indumentaria (Esperanza, de verde; Caridad, de rojo; Fe, de
azul), que sobrevolaban el arco de triunfo de la nave principal de la
iglesia. Había, además, un fresco elaborado con una técnica semejante a
la de Sert en la catedral de Vic, pero con colores más vivos (oros y
ocres). Este fresco cubría la pared aledaña del púlpito (saliente del
retablo barroco de la nave de la Virgen del Rosario), hacia el que, con
aprovechamiento del motivo de la Escala o sueño de Jacob
(Génesis, 28, 11-13), recostado y algo girado el rostro hacia la
izquierda, parecía invitarse al contemplador a dirigir su mirada, escala
luminosa arriba, hasta la tribuna del orador sagrado. Estas pinturas del
ábside desaparecieron con la restauración de la iglesia a su nuda piedra
originaria en 1996.
En cuanto al dominio de la técnica
pictórica por parte de Bernardino, parece posible señalar progresos
desde el inicial Juan Bautista Niño o
San Juanito,
todavía bastante elemental, hasta los murales de
El Baile de
Salomé y, sobre todo, los perdidos del ábside de la iglesia y su
última obra El árbol de la vida (1980?).
Los temas de su pintura son
clásicos y religiosos (hagiográficos y bíblicos), salvo el paisaje
mencionado, al estilo de los pintores renacentistas y barrocos, cuya
temática tuvo siempre Bernardino muy presente. Hagiográficos son el
San Antonio, San Bernardino o santo franciscano
que fuere,
San Martín de Tours; bíblicos, la mayoría:
Santa cena,
Juan Bautista, la
Sagrada
familia, El sueño o Escala de Jacob. Del mismo
tipo son el relieve de Eva y el Padre eterno en el tímpano del frontón
de la fachada, y el
Baile de Salomé (inspirado en Mateo
14, 3-11). De tema mitológico es el cuadro de
Neptuno.
Alegórica y simbólica era, como queda dicho, la perdida y colorista
pintura de las Virtudes del arco de la iglesia de Sandoval.
En todo caso, lo mismo que en la
forma se separa nuestro pintor del naturalismo renacentista, insistiendo
en aspectos más racionales, formales y estilizados (suaves, en
La
sagrada Familia; más notables, en
La santa cena y
muy pronunciados en la
Crucifixión), también manifiesta su visión
o enfoque personal de los temas, insistiendo, en este caso, no en la
línea sino en el colorido. Las obras de esta novedosa tendencia
transpiran sensualidad y pasión (o pasiones). Esto es particularmente
explícito en tres obras: en
El Baile de Salomé, donde no
sólo la abundancia, variedad y calidez de los colores realzan la
exuberancia de las formas, que hacen pensar en un modelo cercano y
tangible (su esposa), sino los mismos elementos del cuadro remiten
directamente a un jardín de las delicias, perdido en tiempos míticos,
pero se diría que recobrado en la vida del pintor. Así se puede deducir
de la presencia de la simbólica serpiente (o cobra) en la parte inferior
del cuadro y en la del ambiguo manzano (asociado con la bíblica y
tradicional sierpe), o naranjo (entre la biblia y la mitología), pegado
a una columna de la pérgola, que remite al Jardín del Edén y al de las
Hespérides. A ello se suma la viva presencia de la música, que provoca
ágiles contorsiones en la bailarina, centro de la mirada de su madre y
del reconcentrado y reconcomido Herodes.
Lo mismo podemos apreciar en la
escultura femenina asentada sobre sus piernas, cabellera recogida atrás,
popularmente llamada “Victoria”, que corona el frontón de la casa, en la
que la levedad de los pliegues acerca formas delicadas a la caricia de
la mirada.
Y más todavía en la figura
femenina que, dentro del tímpano, a manera de màndorla,
representa a Eva, obscenamente desnuda, supuestamente alejada del
paraíso –que en sí lleva y, por ello, es objeto de recriminación–, por
un mítico Padre Eterno adverso y figurón misógino.
Ella,
Eva, por el contrario, queda gallarda en la desplegada desnudez de
formas turgentes expuestas a la intensa luz del sol naciente y
meridiano. Además, al ser ésta la primera casa y cosa que, en el
acercamiento a la población, columbra todo viajero que venga desde la
capital (procedencia habitual y general del visitante), el mensaje ya
por eso mismo queda realzado. Colaboran también a un mayor realce varios elementos, uno de los cuales, y no el menor, es la total
contraposición de las formas. Así la facilidad de las líneas rectas de
toda la fachada, precisamente a excepción del círculo del tímpano.
Tenemos más allá, dentro del círculo manierista de la mándorla, el
violento contraste de las dos únicas y solas figuras: la masculina, de
un anciano, esquelético y consunto, arrebujado y arrugado en túnica de
innumerables pliegues (como degradación de la finura de la estatuaria
helénica), que sólo deja al descubierto una jibarizada cabeza nuda por
calva (al modo de buitre leonado o quebrantahuesos) y una mano
sarmentosa que, en gesto iracundo (cuán distinta de la del Creador del
hombre en la Capilla Sixtina), se diría que lanza rayos, acusadora o
amenazadora, señalando contundente y condenatoriamente a la mujer. Y, lo
que llama también poderosamente la atención es que tal cuadro se pintara
a partir del año 1948, en el apogeo de la censura de tales
manifestaciones por los poderes civiles y religiosos, y en la España
profunda.
Es difícil no ver en ello la
muestra de una acomodación externa al estilo imperante del imperio que
se proclamaba redivivo en la propaganda y en la educación controlada
(formación bíblico-clasicista, tridentinismo neocatólico y especulación
de la neoescolástica) y, al mismo tiempo y desde dentro, una
demostración de una voluntad de resistencia y de disidencia a la misma,
como si se sintiera sufrida imposición. Ahí están las cálidas
representaciones de los mitos y de la fuerza del instinto que gobierna
la historia. Por otro lado, el intento fallido de condenar esa realidad
fascinante, que se siente como propia y, como tal, se expresa.
(Reaparece con gran vigor en la “Fábula de Rudrón y sus nereidas” del
Canto a Tablada, en la talla de
Leda, en las
risas y guiños del Músico y del diabólico
capitel...) Por
eso, es importante descifrar, más allá de la Victoria, de Salomé, de
Eva, a la modelo figurada y amada en su carnalidad.
En ese sentido, parece mostrar D.
Bernardino una coherencia entre su arte y su vida. Hay disidencia en el
contraste y el enfoque entre las figuras que crea o recrea y aquéllas en
las que, al crearlas, se regodea. De este modo, proclama una disidencia
ético-política y una libertad de arte que nos confirma lo que sabemos de
su actuación social: evitó implicarse en la suicida contienda civil,
pese a la exacerbación social de los ánimos y, entre otras razones, para
no tener que situarse al lado de quienes a punto estuvieron de asesinar
a su padrastro por su “republicanismo”. No es interpretación subjetiva:
consta su insistencia ante un hermano suyo para que abandonase la
vocación religiosa. Lo confiesa éste mismo, Benigno Castilla
Ruiz, en su autobiografía,[2]
como atestiguaba también la absoluta oposición al régimen de la
dictadura, de su hermano Bernardino, del que me decía: “Echaba pestes de
Franco”. Espíritu libre, pues, espíritu liberal, que plasma en su obra
las admirables realizaciones culturales que conoce por su estudio
(cultura grecolatina, renacimiento de la misma), que la circunstancia
sociocultural le exigía. Pero, al mismo tiempo, expresa en ellas (al
menos en algunas de ellas y no sin riesgo) valores socialmente
reprobados, que vive en la intimidad de su vida personal. Son destellos
de una libertad nunca rendida.
Valencia, a más de 30 de julio,
2006.
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