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Amaya
Arquitectura fortificada en la provincia de Burgos.
Inocencio Cardiñanos Bardech.
Amaya es un alto poyal (Poema de Fernán González)
En el extremo
occidental de la provincia, en tierras muy quebradas del alto
Odra, se
mantiene a duras penas este conocido lugar burgalés. No debe tanto su
fama a la documentación escrita, más bien escasa, cuanto a su antigüedad
y a la popular novela de F. Navarro Villoslada.
Su nombre «Amaya Patricia» suena a principios de nuestra era y
significa en celta o vasco «Límite o Barrera». La función militar sería
clara y casi exclusiva, desde su fundación, pues lo áspero de la zona no
sería ciertamente motivo de atracción.
Consta que el castro estuvo ocupado desde la Edad del Bronce y
amurallado desde la Edad del Hierro. Se asegura que sus moradores
ofrecieron dura resistencia al dominio romano. Durante el Imperio, Amaya
se convirtió en el centro de una densa red de calzadas, bien demostrado
por abundantes hallazgos arqueológicos. En la segunda mitad del siglo VI
su fortaleza fue rendida por Leovigildo, arrebatándosela posiblemente a
los suevos.
«E cuando Tariph
llegó a Toledo, ovo nueva que estaba como desamparada de los omes, ca
muchos de ellos fugieron para Moya ...». En Moya o Amaya, la peña
inexpugnable que domina la izquierda del alto Pisuerga y que es como un
espolón que lanza la montaña hacia la llanura de los campos góticos,
intentaron detener la marcha de los perseguidores, pero los víveres se
agotaron pronto y los defensores tuvieron que rendirse «fue tomada por
hambre». Tarik se apoderó de un botín inmenso que habían «llevado allí
altos homes de la tierra».
Como
consecuencia del repliegue de ambas Españas, Amaya es abandonada.
Alfonso I llegaría en una de sus correrías hasta ella, pero no la
repobló «por no la aver quien poblar» como atinadamente sentenciara Lope García de Salazar. Un siglo después
(año 906), Ordoño I ordenó al conde Don
Rodrigo el que pusiera a punto la fortaleza como apoyo a la repoblación
foramontana y garantía del dominio de las rutas que se dirigían hacia el
Sur. Así ocurrió, efectivamente, pues resistió a los asaltos musulmanes,
aunque no pudo evitar el que forzaran los desfiladeros que conducían al
primitivo solar castellano. Con el retroceso de la frontera, Amaya
pierde la importancia estratégica pero no prestigio, pues mientras que
Castilla era «harto ... pequeño rincón», «Amaya era cabeza» de un alfoz,
de un condado y hasta de un obispado.
La crónica del
Cid asegura que un familiar suyo «fuit
Castrum Amaye» y hasta algún cronicón tardío incluye la fortaleza entre
las donaciones reales al héroe castellano. En 1073 consta que estaba en
manos de Diego Rodríguez. Casi un siglo después aparece «Dedait
qui dicitur Vellus teacante ipso castello
quad infitatus Amaia». Por estos mismos
años (minoridad de Alfonso VIII) el conde D. Nuño Pérez de Lara se hizo
a la fuerza con él. Al menos desde 1182 al 86 estuvo en alcaidía en manos de su hijo Fernando.
Alfonso VIII daría la fortaleza de Amaya en arras a su mujer y años
después en dote a su hija Berenguela. En 1190 consta que el conde D.
Fernando (de Lara) poseía la tenencia,
junto con las de Aguilar y Ubierna. Continuó en esta Casa hasta que
durante el reinado de Enrique I revirtió a la Corona. En 1296 «llegó y
... mandado de commo este don Juan Núñez tomara el castillo de Amaya por
consejo de un caballero que lo furtara, que decían Ruy Ferrand de Tovar,
é con estas nuevas tomara la Reina muy grand pesar», pero apresado D.
Juan tres años después tuvo que devolverle.
A mediados del
siglo XIV el lugar era solariego de Lope Díaz de Rojas. A fines del
siglo siguiente Amaya, con algunos pueblos cercanos, pertenecía al conde
de Feria, Gómez Suárez de Figueroa, quien se quejaba de que se los tenía
tomados su pariente Juan Sarmiento. Posteriormente el pueblo pasaría a
los Orense, en quienes permanecería hasta comienzos del siglo XIX. En
1679 éstos recibieron el título de vizcondes de Amaya. La jurisdicción,
sin embargo, dependió de Villadiego, lugar del condestable.
«Desde muchas
millas de distancia se destaca la silueta azul claro de la peña en el
confín de la planicie amarillenta; pero sus proporciones se agigantan al
acercarse a ella y aún antes de llegar junto a sus pies se advierte lo
inmenso de su mole. Alta de unos trescientos metro, larga de cerca de
una milla y ancha hasta quinientas varas, se yergue Amaya inaccesible e
indomable sobre el país en derredor con la llanada como glacis y con el
curso del Odra y otros estrechos valles como fosos. Sobre su chata
cumbre se dilata una extensa meseta cubierta de praderas capaces de
mantener todo un ejército. Y en un extremo de la misma, sobre una fuerte
roca se alzaba entonces hacia las nubes un castillo»
«Sobre la de por
sí agreste Peña, se dispone a la manera de acrópolis un segundo recinto,
100 metros por encima del primero. Se accede mediante unas rápidas
cuestas que en su parte superior se defienden por una muralla, en
algunas partes de tres metros de altura, de grandes bloques de piedra
unidos a hueso. Un tercer recinto parece percibirse allí donde se
adivinan las huellas de un castillo».
Hasta hace unos
años aún se apreciaban piedras pertenecientes a los cimientos del
castillo, aunque hoy no queda nada. Cercano nace un manantial en el que
pudieron aprovisionarse los defensores.
A fines del
siglo XVIII el comunicante de T. López
consideraba a Amaya «famosa más que dichosa», y añadía «En lo más
elevado de la Peña retiene parte de ella el título o voz de Castillo y
con fundamento, registrándose a los ojos sus cimientos en materiales de
piedra, cal, tejas y ladrillos fuertes, no teniendo otra entrada que la
que en el día se llama Puerta, que es una cámara
o avertura artificialmente al parecer hecha en el muro que forma la
Peña, cuia altura por su situación tajada por todas partes, es claro
domina mucha tierra a larga distancia, su longitud viene a extenderse el
espacio de una legua ...»
A principios de
este siglo (XX) Semenach escribía: «En una
cumbre se notan tres muros de defensa ciclópeos, sin argamasa ninguna
que defendieron a su vez un castillo medieval. De este castillo solo
quedan muros bajos y torres cilíndricas con algunos silos y
subterráneos».
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